Así, muchos orientales que, como la gran mayoría
de sus compatriotas, habían vivido de espaldas
al mar, se vieron impelidos por las circunstancias a
cambiar su vida de trabajo precario por otra llena de
peligros, riesgos y esperanzas, enfrentando al mar abierto
y desafiante, ante la perspectiva de lograr una mejora
en el aspecto económico.
El valor de los hombres y la abnegación de las
mujeres fueron dando forma a una estirpe de pescadores
templados a mar y viento, que le dieron una identidad
muy especial al primitivo asentamiento que se fue formando
en los otrora desolados cerros.
La preparación del tasajo de tiburón o
cazón llevaba su proceso: una vez limpio el animal,
se procedía a cortar filetes que eran sometidos
durante cierto tiempo a la acción de la sal,
acomodándose en capas sucesivas e intercalando
nuevas camadas de sal para posteriormente secarlos al
sol.
Aquellos que invirtieron el fruto de su arriesgada tarea
diaria, mejoraron la capacidad de los motores de sus
lanchas, construyeron otras, empezaron a edificar galpones
más amplios y cómodos hasta que llegó el
progreso y las construcciones de material comenzaron
a sustituir a los primitivos ranchos de paja y juncos
y las piletas de cemento lustrado a los cajones de madera
de los primeros saladeros.
Punta del Diablo comenzó así a vivir una
nueva etapa en su camino, con los necesarios cambios
para que quienes se afincaron allí pudieran llevar
una vida más digna y mejorar las capturas y la
calidad de su producción.