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01/11/2008
Una lección bien aprendida (relato por alvaro casals)
Es pleno invierno, y de esos para recordar. Hace un frío tremendo. Tengo 18 años y me creo el rey del Paraná. ¿Quién de todos los mortales puede enseñarme algo sobre el río que yo no sepa? Si casi nací en él, navego en todo lo que flota desde que tengo uso de razón y por si esto fuera poco soy la cuarta generación de una familia de isleros y navegantes. Yo? … yo Neptuno !.
Estaba pasando unos días en la isla, en vacaciones de julio, con mi familia y dos entrañables amigos míos de la Facultad de Agronomía: José y Oscar.
Ante mi insistencia, mis compañeros aceptaron salir a recorrer territorios fluviales con la lancha de velocidad. Mi perro "Bonny", también fue incluido en el programa. La partida fue desde El Ceibal, en la boca de Los Meones y el Paraná Viejo, enseguida después de almorzar.
Antes de salir, Don Jorge -mi padre- me preguntó como quien no quiere la cosa, por dónde íbamos a navegar y a qué hora pensábamos volver. Le contesté que pensaba llegar hasta la Comisaría 1ª y de ahí tomar el Bobo y pegar la vuelta por el río grande. “Volvemos de día, sí, viejo, te prometo”, respondí un tanto fastidiado.
Era un día fantástico, frío pero fantástico. Manejando la lancha me sentía omnipotente. La sensación de navegar sin cruzarse con otra embarcación durante horas era indescriptible. Claro, en 1969, quien osaría sino yo andar por estos parajes?. Estaba totalmente convencido de esto!. Cuando llegué al Careaga, en lugar de volver como le había prometido a mi viejo seguí por el Corte Largo hacia la Boca de Las Cañas.
Me acordé que mi padre me había dicho que la lancha no tenía mucha nafta, así que paré y medí. Casi en cero. Los miré a mis compañeros y les dije: "le seguimos dando, cuando se termine el combustible ya veremos" (método ya utilizado previamente en otras ocasiones). En ese momento me percaté que mis amigos se encontraban más identificados con la esquina de Corrientes y Córdoba que con el canal a Victoria, por lo tanto deduje que las decisiones correrían por mi cuenta.
Sin sorprenderme demasiado, la nafta se terminó en el Carbón, pasando la Laguna Grande. Serían las cuatro y media de la tarde. Pensé en la hora que llegaríamos de regreso a El Ceibal, navegando a la deriva, pero la aventura es la aventura, y a esa edad resultaba muy tentadora.
Luego de un par de estertores, la embarcación se quedó sin nafta. Yo -Neptuno, el rey del río- inmutable.
Cuando la lancha perdió estropada y a camalote siguió enfilando para el lado de Victoria, fue que perdí todo el aplomo.
¿Cómo era posible? ¿Habían cambiado el sentido de la corriente sin avisarme? ¿No era yo quien sabía todo sobre la navegación por estas latitudes?
Me sentí como un verdadero patán. Resultaba que sí tenía cosas para aprender, como por ejemplo, que en un ángulo caprichoso, la corriente entrando por el Bobo iba (y lo sigue haciendo) hacia Victoria, a pesar de que el canal apunta al noreste. ¡Lindo momento había elegido para descubrirlo!
Una vez transcurridos los primeros momentos de nerviosismo (José y Oscar comenzaban a intranquilizarse) y luego de intentar remar contra la corriente sin éxito, atracamos en la costa. Pensaba a toda velocidad. Entre las ideas que me iban surgiendo se me intercalaban nítidamente las palabras dichas a mi viejo: "...vamos hasta el Bobo y volvemos...". El Bobo había sido yo.
Traté de serenarme. Ya era casi de noche. Hice un minucioso inventario de los elementos que podrían ayudarnos en tan incómoda situación: cigarrillos, fósforos, un rifle calibre .22 con balas y la lona de la lancha. Además de los elementos de seguridad de la embarcación. Para comer y tomar no había nada. Referente a la comida les comenté a mis compañeros que yo podía intentar cazar algo y cocinarlo. Fue tal la cara de asco que ambos me pusieron que quedó descartada automáticamente la idea.
Me di cuenta que estaba en apuros cuando José -iluminado vaya a saber por qué ignota musa- expresó su plan de salvación: ..."voy hasta algún rancho, les pido un caballo, llego a El Ceibal y traigo ayuda", dijo. Pobre José, evidentemente, no tenía la más remota idea de dónde nos hallábamos. Ni con pingos como Gato y Mancha (que unieran en el pasado Buenos Aires con Nueva York) era posible tal periplo. Era invierno, de noche, el río estaba alto y José no era lo que se dice un gaucho de a caballo. Lo peor era que no existía ningún rancho en varios kilómetros a la redonda. Todo mal.
Yo estaba preocupándome cada vez más, porque con mi soberbia había arruinado el único plan de rescate posible ya que mi padre estaría buscándonos, -tal como después lo comprobé- por el Bobo y el río grande y nunca se hubiera puesto a pensar que estábamos mucho más cerca de Victoria que de Rosario. De no ser por mi falsa descripción, seguramente ya habrían dado con nuestro paradero. Yo, que me creía un rey me había transformado en el más desdichado de los plebeyos.
A eso de las 11 de la noche empezó a caer una helada impresionante. Luego de un cambio de opiniones acerca de a quién le correspondía la lona decidimos compartir entre todos -el perro incluido- tan escaso refugio.
Me había trepado un par de veces a un curupí, pero desistí de continuar haciéndolo, cuando después de la tercera intentona, no pude distinguir ni una miserable luz que delatara la proximidad de algún rancho o embarcación que se aproximara.
Serían pasada la medianoche cuando comencé a escuchar un ruido lejano como el de un avión. Con la luna se podía distinguir bien el canal y al cabo de unos interminables segundos, confirmé que se trataba de una lancha que navegaba en nuestra dirección.
Los del barco venían navegando a lo baqueano, sin ninguna luz encendida para no autoencandilarse y a toda velocidad. Nunca, hasta ese entonces, me había parecido tan imponente el andar de un crucero navegando de noche.
Cuando comencé a prender y apagar la linterna, (Morse, el que inventó el código de señales, se hubiera revolcado de risa en su tumba si me hubiese podido ver) la embarcación disminuyó su planeo y a bordo se prendieron un par de luces.
Aún así yo no podía distinguir todavía quiénes eran sus tripulantes o cuál era el barco en cuestión. Estarían a unos cincuenta metros.
De pronto del crucero surgió una voz preguntando: "...¿tienen calado un trestelas?". El corazón me dio un vuelco. Es que yo conocía esa voz y aunque no podía ver en la oscuridad reinante, sabía que le pertenecía a Don Raúl Fornassiero, inconfundible por su forma de hablar. Solía pasarme horas enteras escuchando sus maravillosas anécdotas en el Yacht Club.
Lo increíble fue que cuando le contesté “... Don Raúl!”, pero sin darme a conocer, éste me respondió: "Alvarito?! ¿Sos vos?". Aún hoy, cuando me acuerdo de ese momento, me emociono hasta las lágrimas.
En el crucero estaban Don Raúl, Romero -por entonces bufetero del Yacht Club- y Lito Bo, propietario del crucero Regnicoli. Iban al pejerrey con algún dato cierto que seguramente le habían proporcionado a Don Raúl.
Luego de darnos unos sandwiches de milanesa y un trago de vino y ya que no fue posible ternerear nafta del crucero porque los tanques estaban muy abajo, se ofrecieron a ir hasta el surtidor Don Ernesto, en la Primera, para traernos combustible.
Estos eran los Señores del Río que navegaban por aquel entonces. La falta de humildad me había llevado a equivocarme otra vez, aunque esta vez con un poco de suerte. Por fortuna no era yo el único que transitaba por esos lugares. Gente como ellos recorrían estos parajes -aún de noche- como si lo hicieran dentro de la caleta del club. ¡Cuánto me faltaba aprender todavía!.
Ya a punto de despedirnos, y como mis afanosos agradecimientos hacia estos tres carismáticos personajes parecían interminables, se acercó Don Raúl y me dijo: "Alvarito, estoy seguro que ya tendrás oportunidad de ayudar a alguien que tenga problemas en el río. Esa es la manera como se pagan estas deudas". Que sabiduría tenía este hombre! Tomé sus palabras desde lo más profundo de mi entender y me prometí cumplirlo al pie de la letra desde ese día y para siempre.
Con la nafta que trajeron -la que ni siquiera nos dejaron pagar- volvimos al Ceibal. Llegamos como a las dos y pico de la mañana. Para qué les voy a contar la caripela de mi viejo. Yo parecía un perro que había volteado la olla. No sabía que decir. Mi padre preguntó si todos estábamos bien, me miró y se dio cuenta que la vida ya se había encargado de darme la lección que venía necesitando desde hacía tiempo.
Hoy, muchos años después, considero que he saldado con creces mi deuda al estilo Raúl Fornassiero. Sin embargo, no dejo de emocionarme cada vez que me viene a la memoria este episodio tan importante de mi vida.

Dedicado a mis amigos José y Oscar, a mi viejo y a los demás protagonistas de este relato verídico que ya no están.

Alvaro Casals


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